Durante mucho tiempo se repetía sin cesar un patrón. Todo un curso largo, agreste, difícil, con mal tiempo, mal humor, malas sensaciones iba dejando paso a días más largos, temperaturas más suaves, un horizonte sin clases ni estudios, paz y libertad, al menos durante unos días. Se acercaba el verano, con él las vacaciones, con ellas la playa.
Aunque no fuera capaz de expresarlo de modo poético, era consciente del valor poético de ese oasis veraniego.
Pasajero y protagonista sin saberlo, me encontraba en un coche destino a las vacaciones, donde quiera que fueran. Un viaje siempre largo, a los ojos de un niño, con paradas para avituallarnos pero con una alegría incontenible.
Llegábamos finalmente a nuestro destino y lo primero era ubicar nuestra base. Siempre en una fonda u hotel pequeño que combinaba habitaciones limpias y muy buena comida por encima de otros lujos. El boca oreja de los amigos de mis padres nos llevaba a esos lugares peculiares, pero siempre con encanto.
Eran estancias breves. Una semana al año, dos en una ocasión. Pero cumplían con su función.
Venía luego la parte de reconocimiento del lugar. Dónde comprar, dónde tomar algo, por dónde pasear… Pequeñas aventuras que nos entretenían buena parte del tiempo.
Otra venía, como no podía ser de otra manera, del mar.
Momentos irrepetibles en lo familiar, pero que no me importaría volver a vivir.
Esta historia participa en #relatosVolver de @divagacionistas , espero que os guste.