No es tan raro que nieve por aquí. Sucede prácticamente cada invierno. Bajan las temperaturas, hay precipitaciones (ya se sabe, en Galicia siempre llueve) y caen unos copos de nieve (unhas folerpas, que decimos). Da para hacer unas fotografías, comentarlo en RRSS y poco más.
Lo que pasa con menos frecuencia es que cuaje. Bien porque suben las temperaturas, bien porque el frío coincide con un cielo despejado y unas heladas tremendas, el caso es que, salvo que te vayas a la montaña, no da para disfrutar de la nieve, ya no digamos padecer sus consecuencias.
Sin embargo hace unos cuantos días, el 4 de diciembre, pasó. Sin ser nada espectacular, empezó a la noche y duró hasta la tarde.
En mi caso pude sacar al niño que hay en mi y salir a la calle, pisarla y lanzar unas cuantas bolas. Mucho, mucho tiempo llevaba deseando vivir este momento y era algo que quería volver a hacer.
Y es aquí cuando empieza la segunda parte de esta historia.
Hace tanto tiempo que casi parece otra vida, en Galicia nevó de verdad. Cuajó en la montaña (como es habitual), cuajó en las ciudades del interior (como sucede de década en década) e incluso hasta en la costa (donde es excepcional). Es curioso charlar con gente de cierta edad y procedencia y descubrir que de aquel día, a mediados de un lejano enero de 1987, todos tenemos recuerdos.
El niño que era salió a la calle, correteó por el centro de la ciudad, hizo un muñeco de nieve, jugó con todo el mundo y le lanzó bolas hasta a los niños mayores que estaban en la plaza del ayuntamiento y que le metieron una por la espalda. Daba igual, la sonrisa ese día era permanente.
Este es el #relatosNieve que participa en esta edición de Divagacionistas