Manías y manías
Lo que describo a continuación es un comportamiento que probablemente se acerque más a la consideración de patología que a un simple hábito.
En casa, en cualquier momento del día, paso por la cocina. Allí, algo que no soy capaz de identificar provoca una reacción en cadena.
De modo automático abro la puerta de la despensa y ojeo. Por inercia la vista se me va hacia el chocolate y en un instante soy consciente de cuanto tengo, de que variedades, para que uso cada uno y cuanto me va a durar.
Esto es importante porque, por supuesto, hay clases y clases:
- Bombones: Para situaciones especiales y para comer acompañado. Me han llegado a caducar.
- Chocolates exóticos: Fuera de mi alcance habitual (en otra ciudad y supermercado que no suelo frecuentar, por ejemplo). Son de consumo muy limitado y rara vez tomo un pedazo apreciable sin tener a su sustituto ya preparado. Rara vez duran menos de medio año.
- Chocolates raros: De marcas y precios que no suelo manejar. Los tengo básicamente para catarlos y compararlos con otros. Duran como los exóticos, pero con menos parafernalia.
- Chocolates de uso habitual: Suelen ser accesibles, baratos y poco llamativos. Son las víctimas de mis excesos y por tanto no aguantan prácticamente nada.
Pasado ese momento de evaluación, y también por costumbre, ajusto el calendario, el ritmo de consumo y mi tiempo libre. Probablemente al salir de la cocina ya tenga claro cuando voy a volver a comprar.
Como lo habitual es que cuanto más tenga más coma pero que no me quede sin el jamás, suelo andar pillado de reservas. En esta situación salta una alarma interna que tiene por consecuencia un ajuste completo de mi ritmo de consumo.
Así puedo pasar de pegarme un festín diario a no probarlo y todo en la misma semana.
Esta batallita participa en los #relatosEscasez de Divagacionistas