Hoy toca escribir sobre mi hogar, ese conjunto de piedras y calles en el que me he criado y al que indudablemente tengo cariño.
Vivo en una ciudad pequeñita a la que tengo por llana. Tiene un anillo interior, una muralla, que refleja el origen romano de la población y es su símbolo por excelencia. Desde el se abren hacia el norte y sur (en realidad noroeste y sureste, pero yo giro el plano) las dos principales avenidas de la población. Haciendo una especie de elipsis, me cuesta no relacionarla con un núcleo atómico y dos orbitales, se extiende una zona con pendiente leve, hasta el punto de ocultar los edificios del centro. Incluso la torre de telefónica, en la parte más alta, o las torres de la catedral resultan invisibles a un par de plazas de distancia.
Casas y calles, nada que no tenga cualquier otro lugar.
Al este y oeste quedan dos ríos. El primero no pasa de regato, un cauce en el que mojar los pies y gracias, el segundo es el más grande de la CCAA pero allí aún es joven, lejos de la fuerza que tendrá unos kilómetros más abajo. Son estos dos cursos de agua los que desmontan mi idea de ciudad plana, pues le dan esa forma estrecha tan característica. En apenas 500 metros pasas del puente romano al centro, si es que no has infartado antes con la pendiente, que puede.
Confieso que no me di cuenta de la auténtica forma del lugar donde vivía hasta que no volví por los accesos principales, más alejados de los ríos.
Es entonces cuando destacan las aparentemente pequeñas y discretas torres de la catedral, que se alzan majestuosas y destacan a kilómetros de distancia. Verlas es lo que me traslada al hogar.
Este es mi #relatosHogar de diciembre para @divagacionistas