El papel todo lo soporta es una frase muy manida que viene a significar que las ideas se sostienen hasta que tratas de plasmarlas. Como las líneas que tenía clarísimo escribir pero que no cuajan y que me obligan a improvisar.
Esto viene a ser una hoja. Un brote pequeño que se va desarrollando con un objetivo claro. Puede que se den las condiciones y se complete, llegando a cumplir su función original. O puede que no. Tal vez se la coma un animal, o un tenue viento se la lleve volando. O un humano decida cortarla. O…
En cualquier caso, al cabo de un tiempo, con su función cumplida, en plazo o no, acabará su vida útil.
No es si no un ejemplo de una etapa, de un ciclo. Algo efímero que puede tener gran importancia o ninguna, dependiendo de las circunstancias.
Durante todas estas vueltas de ciclos, de etapas, de tiempo, hay un período que se viene inevitablemente a la cabeza: el año. Margen suficiente para cambiar algo, para tratar de iniciar una nueva etapa, para cambiar. Y a la vez lo suficientemente efímero como para que no tenga demasiada importancia en sí.
Aquí topamos con uno de estos absurdos de nuestro día a día: El año empieza entre cinco y seis semanas más tarde que el otoño, el momento lógico, el ideal.
¿Por qué?
Este relato participa en el #relatosHojas de Divagacionistas