Creo que ya he hablado por activa y por pasiva de lo mucho que me gusta, como espectador, el deporte en general y el baloncesto en particular. Es tan entretenido y se presta tanto que me cuesta no usarlo constantemente como ejemplo para hablar de otros asuntos.
Uno de los muchos aspectos que me fascinan es que un partido, una temporada o la carrera de un jugador son, en cierta medida, vidas aceleradas que podemos ver y analizar. Pasan tantas veces y tan rápido situaciones comparables que podemos darnos cuenta del peso que tienen.
No estoy diciendo que X sea tal cual se ve en una cancha, pero a la vez X sí tiene lo que se le ve.
Voy a tratar de poner un ejemplo:
Es probable que en algún momento importante de partido un jugador quede con el balón en las manos completamente solo en rango de tiro.
Aquí hay muchas teorías de qué hacer, muchas bien argumentadas y con una bibliografía amplia detras, pero al final quien decide es quien tiene la pelota, para lo bueno o para lo malo.
Es en ese instante, a veces eterno, cuando podemos conocer a esa persona. Su ambición, su carácter, su miedo, el lastre que lleva encima. Son décimas de segundo, a veces eternas, las que a veces forjan carreras.
Y es que en ese suspiro puede pasar de todo. Puede que el receptor de la bola viva para ese momento y que vaya a anotar, puede que confíe tanto en su tiro que ni se lo piense y simplemente lance, puede que no quiera ser protagonista y que ese balón sea su condena, puede que dude de su muñeca y que fuerce un pase que no hay antes que aprovechar la ventaja que ya tiene, puede que quiera ir hacia el aro y se olvide de botar, puede que recuerde que se ha visto en situaciones parecidas y tomó una mala decisión, puede…
Confieso que no suelo envidiar esos momentos de juego, con tanta presión encima. O no, porque a veces el Ricardo Úriz de turno te recuerda que lo verdaderamente importante en la vida es que los tuyos estén bien, con independencia de si la pelotita va donde debe o no.
Con esto acabo mis #relatosEquipaje por este mes.