Antecedentes 1:
La hoguera de San Juan es para mi una de esas noches mágicas del año. Soy gallego y no creo ni en meigas ni en bruxas ni en la Santa Compaña pero, desde pequeño, ese día es especial para mi.
Tradicionalmente se junta la familia de mi madre, en una casita medio aislada del mundo. Cerca y no tan cerca de la ciudad, lo suficiente como para que sea una fiesta íntima.
Lo que la hace tan especial es que pasamos la tarde allí y volvemos de madrugada, y que a la vez solemos invitar a amigos y parejas. Al final, hacemos una hoguera todos juntos, nos ponemos morados de comer, cantamos y hacemos las gansadas típicas de San Juan (saltar el fuego, dar vueltas a su alrededor, quemar unos papeles con lo que queremos que desaparezca de nuestras vidas).
Antecedentes 2:
Ya no recuerdo bien como fue. Nos juntamos un montón, comimos mucho, hicimos una pequeña pira, tomamos unos churros con chocolate (con el que me quemé, como no podía ser de otra manera), bailaron, cantaron, quemamos los papelitos (obviamente la cosa no funciona, así que suelo poner lo mismo) y poco a poco nos retiramos.
En mi caso, sobre las 00:30 estaba en casa, feliz, contento y tranquilo.
Por aquellas fechas charlaba de vez en cuando por internet con una persona que parecía maja.
Por fin, los hechos:
El caso es que esa noche a la persona en cuestión le dio por hablar y yo no me pude resistir. Tan buen día llevaba que pensaba que nada podía salir mal, iluso de mi.
El caso es que por ignorancia, torpeza o porque simplemente la cabeza no me da para más, dos horas después seguía en una discusión horrible de la que no podía salir bien.
Y así el que estaba siendo probablemente uno de los mejores días de 2018 se convirtió en una pesadilla.
Moraleja: Cuando tengas un buen día, acuéstate pronto. No te arriesgues a encontrarte con el gilipollas de turno que te lo arruine.
La crónica de este desastre forma parte del #relatosSolsticioverano de @divagacionistas , espero que os guste más que a mi.