A mi, como creo que a todos, me llegó el momento en el que amé y fui amado.
Como mis relaciones interpersonales siempre han sido… complejas, me llegó muy tarde, ya con mis buenos disgustos encima y mucho más cínico y maduro, probablemente mucho peor persona, que esa primera vez que de ideal duró tres meses y después se convirtió en un sinvivir.
Así que hete aquí que me encuentro en una situación en la que no tengo ni idea de cómo comportarme, ni qué decir, ni cuándo callar. Sin límites ni barreras. Loco al fin y al cabo. Y me dediqué a extrapolar de mis otras experiencias vitales.
Confieso, porque esto no deja de ser una confesión, que gocé. Tan escasa que era mi experiencia en estas lides que procuré vivir (saltándome uno de mis mantras) como si fuera el último. Cada detalle, cada gesto, cada beso fue un regalo para mi. Y no ahorré (otro límite reventado). Es algo que me hace sentir bien conmigo mismo incluso sabiendo el dolor que me quedaba por vivir.
Supongo que precisamente por verme en una situación tan ajena no supe actuar cuando la situación se empezó a torcer, pese a ser muy consciente de ella. Me moví y traté de reaccionar, pero las medidas adoptadas no surtieron el efecto deseado. Me vi en una relación en la que tenía todo aquello que podía haber soñado y a la vez lo que me podía quemar sin remedio. Y me quemé, vaya si me quemé.
Coleccionaba límites rotos. Barreras de protección que me saltaba conscientemente buscando aquella paz que no encontré.
La historia llegó a su propio final, a su propio límite. No el que hubiera querido o en el que hubiera podido pensar, pero el que tocó, al fin y al cabo.
Este segundo relato también participa en el #relatosLocura de Divagacionistas . Espero que os guste.