Tres opciones, de la que había que elegir una, cien minutos, todo el papel que quiera.
Así acababa un ciclo que tocó vivir.
De primeras, mal y de segundas, mal.
Elegido el tema, tocaba reflexionar
Leído, subrayado, resumido, esquematizado, escrito en versión tema, cantado, grabado en audio, explicado a la familia, preguntado, actualizado, mirado de todas las maneras que se me había ocurrido. Ciertamente tanto el decreto anterior como el actual me los tenía trabajados.
Pero no me daba, simple y llanamente.
Cuando realmente planteé el reto que tenía por delante fui consciente de que se escapaba a mis posibilidades. Había estado tan obcecado contado estrellarme en el primer obstáculo que ni había calculado el tamaño del segundo.
Miraba el tiempo y aunque en mis prácticas las ideas fluían, los minutos duraban décimas de segundo y la muñeca no daba mantenido el ritmo de escritura necesario, allí todo funcionaba de manera distinta. Los folios parecían de mármol, el bolígrafo un triste cincel y las ideas… apenas eran vagas sombras.
Comprendida mi desgracia, traté de buscar alternativas, resquicios, opciones por estrafalarias que fueran. Pensé en romper la baraja y narrar algo llamativo, interesante, ameno, aunque no tuviera absolutamente nada que ver. Al fin y al cabo lo que tenía que hacer era escribir algo que simplemente le gustara mucho a tres personas, y a lo que nadie más iba a acceder.
Se me dibujó una leve sonrisa al pensarlo, que se desvaneció al agarrar la herramienta y empezar a tallar.
Este es mi #relatosResquicios de Divagacionistas