Me gusta el chocolate, como a casi todo el mundo, y soy un maniático, como todos. Así que hoy voy a describir qué convierte comerlo en mi pequeño placer.
Hay un lugar en la lengua, un poco más atrás de la punta, en el que cabe una onza de chocolate (por supuesto no cualquier onza ni de cualquier tipo). Si colocas el pedacito adecuado en esa zona en concreto y aprietas suavemente contra el paladar, tal vez alcances a comprender qué hace del chocolate uno de mis grandes vicios.
El caso concreto de mi perdición se basa en una propiedad muy particular de la grasa, de la manteca, del cacao, que es que funde en la boca, a unos 35ºC.
Así pues, tomamos una porción de tableta (de ahí la importancia del tamaño de la onza), la metemos en la boca, movemos la lengua hasta esa zona en particular, apretamos un poquito y vamos suavemente acariciando la lámina mientras esta se funde poco a poco en nuestra boca. Esta sensación es la que provoca que en casa siempre haya chocolate.
A tener en cuenta:
Aquí voy a hablar del que para mi es el chocolate “a secas”: Una lámina uniforme de manteca y pasta de cacao con leche en polvo y azúcar. Hay muchas otras variedades y prácticamente todos están muy ricos, pero para mi son chocolates con cosas.
Onza: Si es demasiado grande o gruesa nos va a molestar en el paladar. Si por lo que sea tenemos que partirla, desluce la experiencia. Si es muy fina nos pasará como con los After Eight*, se nos pegarán al paladar y adiós muy buenas.
Temperatura: Si el chocolate está muy frío va a tardar más de la cuenta en atemperar e incluso va a saber menos. Si está caliente se nos va a pegar a las manos.
Tipo: Si es con cosas vas a acabar dándole vueltas sin sentido a esas almendras/avellanas/pasas/lo que sea. Si no tiene leche, la sensación de amargor va a ser muy intensa y menos agradable
Textura: Si es demasiado fina al fundirse vas a notar que está hasta pegajoso. Si es gruesa notarás como arenas en la boca. Ninguna es especialmente recomendable.
*A alguien, a quien no le debía gustar el chocolate, le pareció buena idea mezclar una lámina muy fina de cacao con menta y vender eso como bombones. No tiene mi admiración.
Este cuento participa en #relatosPlaceres de Divagacionistas de abril, espero que os guste.