Asma

AlbertoR
2 min readNov 25, 2019

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Lo siento mucho, el tema se presta a escribir dramones y… no me apetece. Así que toca un relato de realidad novelada (que me disculpen los puristas, que así no se llamaba).

Esta batallita participa en los #relatosEnfermedad de Divagacionistas

En un momento de este año tocó una de nuestras frecuentes visitas al neumólogo. El doctor lleva a mi padre desde hace años. El caso es que este hombre me cae bien. Habla despacio, se explica con claridad, nos trata bien y jamás de los jamases le había visto perder ni un milímetro la compostura. Hasta ese día.

No recuerdo cómo derivó la conversación en mi. El caso es que cuando me di cuenta estábamos hablando de mi asma, compañera desde mi adolescencia, y que llevaba muchos años sin control.

Charlamos sobre el tema, pero por su reacción no parecía muy convencido. Así que me preguntó algo así:

— ¿Y tú cómo sabes que eres asmático?

(Silencio)

Reflexioné, puse cara de “qué narices se supone que quieres que te conteste” y finalmente le dije que me parecía que me notaba mermado de capacidad respiratoria y que recuperaba lentamente los esfuerzos.

No quedé nada convencido con mi respuesta y, por su expresión, él tampoco.

En ese momento me dio unas hojas. Tres folios con preguntas por ambos lados.

Creo que en aquel momento mi cara ya era un poema, pero me puse a leer.

En la primera pregunta ya descarrilamos. La leo, no me convence, la vuelvo a leer, no la entiendo, dudo — cállate, cállate, cállate — y le pregunto.

— Mira, y esto se refiere a esta situación o a aquella otra.

Me vuelve a mirar, me dio la sensación que parpadeaba de modo anormal, y me resolvió la duda.

Segunda pregunta. Leo, releo, la miro, no la entiendo. — Pero hombre, la acabas de armar, por lo que más quieras no le preguntes otra vez — Pero yo no puedo hacer así. Tengo que ser sincero con el médico, si no nos entendemos quien se resiente es mi salud. Y le vuelvo a preguntar.

— Mi cara en ese momento luce una de mis sonrisas típicas de incredulidad —

Esta vez me mira lentamente, casi como si me atravesara. Casi puedo leer sus pensamientos — Me estás tocando la moral, chico —

Lo da por imposible, coge las hojas y replantea la pregunta.

— ¿Qué has dejado de hacer por ser asmático?

La respuesta me sale del alma, aunque sé que no se la espera.

— Yo es que me acostumbrado a vivir así (despacio).

Después de unos instantes de silencio quedamos en que había que revisar mi estado, y me manda hacer unas pruebas.

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Desde las sombras todo se ve más claro

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